Europa

Corfú

Mis últimos cinco días de mayo los pasé en la maravillosa isla de Corfú. ¡Qué lugar tan increíble! Desde el primer momento, me cautivaron sus aguas turquesas, sus paisajes verdes y su ambiente relajado pero vibrante. Los dos primeros días los pasé haciendo autostop, moviéndome de un lado a otro conociendo gente local y otros viajeros. La primera noche me alojé en Sunrock Corfu, un sitio con una vista espectacular al mar, donde disfruté de uno de los atardeceres más mágicos que he visto. Después, me mudé al Pink Palace Hotel, un hostel gigante y completamente rosa, con un ambiente juvenil y festivo que contrastaba bastante con la paz de los días anteriores. Una vez alquilé un coche, la aventura cambió de ritmo. Recorrí toda la isla: desde Corfú ciudad hasta el norte, pasando por Sidari, Cape Drastis y la famosa Logas Beach, donde el atardecer es simplemente de otro mundo. Sin embargo, uno de los momentos más especiales fue llegar a Porto Timoni. La caminata hasta la playa fue intensa, pero al llegar y ver esas dos bahías separadas por un estrecho istmo, supe que había valido la pena. El agua cristalina, el entorno natural y la sensación de estar en un lugar secreto hicieron que fuera una de mis paradas favoritas. También exploré Chomi Beach y luego bajé hasta Halikounas Beach, una playa interminable con arena dorada y un viento perfecto para sentir la libertad del mar. Cada lugar tenía su propia magia. Pero sin duda, uno de los días más espectaculares fue el viaje en barco con Madalena Boat Trips hacia Kassiopi. Navegar por la costa de Corfú, descubriendo calas escondidas, nadando en aguas azules y compartiendo risas con otros viajeros fue inolvidable. Para cerrar con broche de oro, terminamos en una fiesta improvisada en el barco hasta que llegamos a nuestro destino. Cinco días no fueron suficientes para absorber toda la belleza de Corfú, pero cada rincón que recorrí dejó una marca en mí. Una isla que combina aventura, relax y diversión en partes iguales… ¡y que sin duda volveré a visitar! 🚤☀️💙

Girokaster

Dejamos atrás mi lugar favorito hasta el momento del Interrail, Ksamil, y nos adentramos en las montañas de Albania. Nuestro destino era Gjirokastër, una belleza auténtica albanesa. El recorrido desde Sarandë en autobús fue una experiencia curiosa; viajábamos en pequeñas furgonetas que iban recogiendo personas y materiales por el camino. Llegamos a cambiar de vehículo como tres veces antes de llegar finalmente a nuestro destino. Cuando llegamos, nos tocó subir las empinadas pendientes hasta llegar al pueblo. Las vistas al fabuloso castillo de Gjirokastër me dejaron sin palabras. Con mis amigos de Soria, decidimos visitarlo, y las vistas desde allí eran impresionantes, con las sierras de Albania extendiéndose ante nuestros ojos, creando un paisaje de lo más majestuoso. Recorrimos el pueblo como buenos turistas, explorando cada rincón de sus calles empedradas y sumidos en la historia del lugar. Al final, decidimos comer en el Restaurante Tradicional Gjoça. Aunque la comida en las zonas más turísticas no era barata, el precio de una habitación privada en la zona sí era sorprendentemente económico. La calidad de la comida era excelente, pero lo que realmente me impactó fue lo accesible que resultó todo en general. Fue una de esas experiencias únicas que, sin duda, me marcaron durante mi aventura por Albania.

Ksamil

¡Ksamil! Tanto había escuchado sobre este paraíso, y por fin llegué. Para hacerlo, tuve que separarme de Ahnaf Tajwar y aventurarme solo a Albania, un país que no podía dejar fuera de mi ruta. Desde el primer momento, supe que la decisión había valido la pena. Ksamil es simplemente de otro mundo. Playas de arena blanca, aguas turquesas tan claras que parecían irreales, y un ambiente de ensueño. Es un rincón del Mediterráneo que aún conserva un aire tranquilo, pero sé que no será así por mucho tiempo. Con su belleza natural y su cercanía a la isla griega de Corfú, el turismo aquí solo va a crecer. En unos años, este pequeño paraíso podría convertirse en la nueva joya del Adriático, con más infraestructura y cada vez más viajeros descubriéndolo. Desde mi llegada a Sarandë, todo fue una cadena de encuentros y nuevas amistades. Compartí cenas, risas y momentos inolvidables en la playa con gente increíble: @trex235, @lauratheexplorerx, @ms_onmyway, @mariaavegezzi_, @tala_olinsmiller, @crissoriana, @albitre9, y tantos otros. Cada día traía una nueva historia, un nuevo atardecer compartido, una nueva conexión que hacía el viaje aún más especial. Ksamil no fue solo un destino, fue una experiencia. Un lugar donde me sentí completamente libre, donde cada instante quedará grabado como uno de los mejores recuerdos de mi interrail. ¡Volveré algún día, eso seguro

Sarandë

El viaje a Sarandë ya empezó con aventura: un bus con overbooking, apretados y en pleno calor, pero con el ánimo intacto. En el camino, conocimos a dos catalanas con las que compartimos anécdotas y risas, convirtiendo el trayecto en parte de la experiencia. Al llegar al hostel, la energía del lugar era contagiosa. No pasó mucho tiempo antes de que me juntara con dos alemanas y un argentino, formando un grupo improvisado pero perfecto para explorar la ciudad. La noche en Sarandë fue de bar en bar, conociendo viajeros de todos lados y acabando en una cena con mi nueva amiga de Israel y un grupo de otro hostel. En ese momento, me di cuenta de algo: Sarandë, con su tamaño modesto, se siente enorme por la cantidad de almas viajeras que la llenan de vida. Dos días después, llegó el destino más esperado del viaje: Ksamil. Desde que inicié el interrail, soñaba con este paraíso de playas turquesas y arena blanca. Y vaya si cumplió. Allí, con el sol en la piel y el agua cristalina frente a mí, me sentí como un rey. Ksamil no solo fue mi destino favorito, fue el lugar donde el viaje alcanzó su punto más alto Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida de Toni Sau (@tonieurope2025)

Tirana

Llegamos a Tirana sin muchas expectativas, pero la ciudad terminó siendo una grata sorpresa. Durante el free tour, nos contaron la historia de Albania y cómo este país ha pasado por momentos realmente intensos. Todo comenzó con los ilirios, los antiguos habitantes de la región, antes de que los romanos y bizantinos tomaran el control. Luego llegaron los otomanos, y Albania pasó más de 400 años bajo su dominio. Pero el orgullo albanés nunca desapareció, y en 1912 lograron su independencia. Después vino el siglo XX, marcado por guerras y dictaduras. Durante la Segunda Guerra Mundial, Albania fue ocupada por Italia y Alemania, hasta que los comunistas tomaron el poder con Enver Hoxha a la cabeza. Ahí empezó una de las dictaduras más cerradas y paranoicas del mundo. Construyeron miles de búnkeres por todo el país, convencidos de que serían invadidos en cualquier momento. Cuando el comunismo cayó en 1991, el país entró en una etapa de caos y pobreza, pero poco a poco fue saliendo adelante. Hoy, Tirana es el reflejo de ese renacer: colorida, vibrante y llena de historia. Me sorprendió la Pirámide de Tirana, ese extraño edificio que alguna vez fue un símbolo del régimen y que hoy intentan transformar en algo nuevo. También el Bunk’Art, un antiguo búnker convertido en museo, que muestra lo dura que fue la vida bajo la dictadura. Definitivamente, no esperaba encontrarme con un lugar así. Albania es un país con una historia increíble y un futuro que parece prometedor. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida de Toni Sau (@tonieurope2025)

Pristina

Click HereClick HereClick Here Dejamos atrás Norte de Macedonia y nos dirigimos a Kosovo, un país independiente que España no reconoce, aunque curiosamente sí acepta su pasaporte… (moraleja de la historia, jaja). Lo primero que me sorprendió fue que la moneda oficial es el euro, y que por solo 5€ puedes dormir en un hostel.Hicimos un free tour, donde conocí a un grupo magnífico de suizos y a Nicolas, un alemán con el que conecté de inmediato. Tan buena fue la vibra que luego me invitó a su casa en Múnich para celebrar mi cumpleaños. ¡Un auténtico crack! Pasamos un día genial que comenzó bien temprano con el tour y terminó a altas horas de la noche, entre cervezas, comida y risas.Durante el recorrido, además de aprender sobre la intensa historia de Kosovo, nos llamó la atención algo peculiar: ¡las banderas de EE.UU. están por toda la ciudad! Nos explicaron que es por la intervención de la OTAN en 1999, que ayudó a Kosovo a independizarse de Serbia. De hecho, hay una estatua gigante de Bill Clinton en plena avenida que lleva su nombre. Fue un poco surrealista verlo.Entre los muchos encuentros del día, conocimos a una pareja que trabaja en la embajada italiana en Kosovo. Siempre es interesante cruzarse con gente con historias tan diferentes. También visitamos un bonito museo que reflejaba la rica historia del país, con exposiciones que mostraban desde la época otomana hasta la actualidad.Sin duda, fue un día redondo, lleno de aprendizajes, nuevas amistades y grandes momentos que recordaré siempre.

Skopje

Dejamos Tesalónica atrás y, con ella, la Unión Europea. También nos despedimos del euro y, de repente, al cruzar la frontera, sentimos esa extraña pero placentera sensación de volver a ser ricos. Bienvenidos a Macedonia del Norte. Llegamos a Skopie al atardecer. La ciudad nos recibe con un aire vibrante y un sinfín de estatuas que parecen mirarnos desde cada esquina. Nos alojamos por dos noches y, con ganas de explorar, salimos a recorrer sus calles. Cruzamos el Puente de Piedra, que une lo antiguo con lo moderno, y llegamos a la Plaza de Macedonia, donde nos espera la imponente estatua de Alejandro Magno a caballo. Es enorme, majestuosa, imposible de ignorar. A nuestro alrededor, fuentes iluminadas, edificios neoclásicos y un aire que mezcla historia con un toque de artificialidad. Seguimos caminando y nos encontramos con la Casa Memorial de la Madre Teresa. Saber que esta mujer, que dedicó su vida a los más necesitados, nació aquí en 1910 le da un significado especial al lugar. Subimos hasta la Fortaleza de Skopie (Kale) y, desde lo alto, contemplamos la ciudad. El río Vardar la atraviesa con elegancia, dividiendo el pasado otomano del presente moderno. Desde aquí se ven los techos rojos del Antiguo Bazar, las cúpulas de las mezquitas y, al fondo, las montañas que rodean la capital. La noche cae sobre Skopie, y la ciudad se ilumina con una mezcla de luces doradas y reflejos sobre el río. Nos sentamos en una taberna local, probamos un Tavče Gravče acompañado de un buen vaso de rakija, y brindamos por este viaje, por la sensación de estar en un lugar nuevo, y por el placer de sentir, aunque sea por un instante, que somos ricos otra vez. Mañana seguiremos explorando. Pero esta noche, Skopie nos pertenece.

Tesalonica

Mi último día en Tesalónica, y quise aprovechar cada momento antes de partir. Comencé la mañana con un paseo por el puerto, donde la brisa marina me envolvía y el sol reflejaba su luz dorada sobre el agua. Me detuve un momento a observar los barcos meciéndose suavemente y respiré hondo, tratando de guardar en mi memoria el aroma a sal y café recién hecho que flotaba en el aire. Desde allí, me adentré en el centro histórico, caminando por sus calles llenas de historia y vida. La Torre Blanca se alzaba majestuosa ante mí, recordándome los siglos de historia que han pasado por esta ciudad. Seguí mi recorrido hasta la Rotonda de Galerio, cuya imponente cúpula y paredes antiguas me transportaron a otra época. En cada rincón, las iglesias bizantinas y los edificios neoclásicos se mezclaban con el ritmo moderno de la ciudad, creando un contraste único. Antes de despedirme, me senté en una terraza con vista al mar y pedí un café griego. Observé la gente pasar, el ir y venir de la ciudad, y sentí una mezcla de nostalgia y gratitud. Tesalónica me ha regalado paisajes, historia y momentos inolvidables. Pero ahora es momento de seguir el viaje. En unas horas, partiré hacia Macedonia del Norte, con el corazón lleno de recuerdos y la emoción de descubrir un nuevo destino.

Atenas

Atenas, la cuna de la civilización occidental, me recibió con un sol radiante y un aire cargado de historia. Después de visitar Santorini, llegue en barco a la noche a Atenas, dejé mis cosas en el hotel y salí directamente a explorar. Sabía que tenía solo dos días, así que quería aprovechar cada minuto. Día 1: La Acrópolis y el corazón de la ciudad Mi primera parada, por supuesto, fue la Acrópolis. Subir la colina y ver el Partenón con mis propios ojos fue simplemente impresionante. Cada piedra de ese lugar parecía contar una historia milenaria. Me detuve un buen rato admirando la vista de Atenas desde lo alto, con sus tejados blancos y el Monte Licabeto al fondo. También visité el Erecteion, con sus icónicas Cariátides, y el Teatro de Dionisio, donde alguna vez se representaron las primeras obras de teatro de la historia. Después de recorrer la Acrópolis, bajé al Museo de la Acrópolis, un sitio moderno y fascinante que alberga esculturas y objetos antiguos encontrados en las excavaciones. No podía creer lo bien conservadas que estaban algunas piezas. Más tarde, caminé por Plaka, el barrio más antiguo de Atenas. Sus calles estrechas, llenas de tabernas y tiendas de recuerdos, tenían un encanto especial. Me senté en una terraza y probé un gyros con tzatziki y una copa de vino griego. No hay mejor manera de sumergirse en la cultura local que a través de su comida. Al caer la tarde, me dirigí a la Plaza Sintagma para ver el cambio de guardia frente al Parlamento. Los soldados con sus uniformes tradicionales y sus movimientos sincronizados fueron un espectáculo curioso e interesante. Terminé el día paseando por la calle Ermou, la más comercial de la ciudad, antes de regresar al hotel para descansar. Día 2: Explorando la historia y el presente de Atenas El segundo día comenzó con una visita al Ágora Antigua, el centro de la vida pública en la Atenas clásica. Allí pude ver el Templo de Hefesto, uno de los templos mejor conservados de Grecia, y el Stoa de Átalo, que alberga un pequeño museo con objetos de la vida cotidiana de los antiguos atenienses. Luego, caminé hasta el Monte Filopapo, una colina desde donde se tiene una vista espectacular de la Acrópolis y la ciudad entera. La subida fue un poco exigente, pero valió la pena cada paso. Para el almuerzo, fui a Monastiraki, una de las zonas más animadas de Atenas, llena de mercadillos y restaurantes. Probé una deliciosa moussaka y, como postre, unos loukoumades (pequeñas bolitas de masa frita con miel y canela). Por la tarde, visité el Templo de Zeus Olímpico y el Estadio Panathinaikó, el único estadio del mundo construido completamente de mármol, donde se celebraron los primeros Juegos Olímpicos modernos en 1896. Sentí la historia en cada rincón. Para cerrar mi visita, decidí subir al Monte Licabeto, el punto más alto de Atenas. Llegué justo a tiempo para el atardecer, y desde allí pude ver la ciudad teñida de tonos dorados con la Acrópolis brillando en el centro. Fue la mejor manera de despedirme de Atenas, con una vista que quedará grabada en mi memoria para siempre. Atenas me dejó completamente fascinado. Historia, cultura, gastronomía y paisajes espectaculares, todo en una ciudad vibrante y llena de vida. Sin duda, un destino al que volvería sin pensarlo dos veces.

Santorini

Dos días fantásticos en Santorini Llegar a Santorini fue un sueño hecho realidad. Siempre había visto fotos de sus casas blancas colgadas en los acantilados y sus atardeceres de ensueño, pero estar ahí, en persona, fue algo completamente diferente. Desde el primer momento, supe que viajar en mayo había sido la mejor decisión. Pocos turistas, precios accesibles y un clima perfecto. Conseguí una habitación de hotel por solo 35€, cuando una semana después ya costaba más del doble. Un auténtico lujo sin gastar de más. El primer día decidimos alquilar una moto y recorrer toda la isla. Empezamos por Akrotiri, un pequeño pueblo con ruinas antiguas y vistas impresionantes. Luego nos dirigimos a Perissa, famosa por su playa de arena negra volcánica. Pero lo mejor fue Sellada Beach, una joya escondida con aguas cristalinas y un ambiente tranquilo. No había mejor manera de disfrutar la esencia de las islas griegas. Al caer la tarde, nos dirigimos a Oía, el lugar más icónico de Santorini. Sabía que el atardecer allí era famoso, pero no imaginaba la cantidad de gente que se congregaba para verlo. A pesar de la aglomeración, el espectáculo fue inolvidable: el sol sumergiéndose en el mar, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados, mientras las cúpulas azules y las casas blancas reflejaban la luz mágica del crepúsculo. El segundo día lo dedicamos a explorar los acantilados con sus casas encaladas y esas increíbles piscinas privadas que parecían flotar sobre el mar. Era imposible no soñar con alojarse en una de ellas algún día. Después de tanta caminata, hicimos una parada para probar la gastronomía local. Un buen plato de moussaka, gyros recién preparados y una copa de vino de la isla fueron el cierre perfecto para esta aventura griega. Santorini superó todas mis expectativas. En solo dos días, pude sentir la magia de sus paisajes, la calidez de su gente y la esencia única de las islas Cícladas. Sin duda, un destino al que volveré algún día.

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