Zagreb

Zagreb fue un soplo de aire fresco, una ciudad que, aunque pequeña en comparación con otras capitales europeas, guarda una personalidad única y vibrante. Llegué con poco tiempo para explorar, menos de 24 horas antes de continuar mi rumbo hacia Budapest, pero eso no impidió que sacara el máximo provecho a mi breve paso por la capital croata.

Decidí empezar con un free tour. Siempre es la mejor forma de conocer la esencia de un lugar cuando el tiempo es limitado, y vaya que Zagreb no defraudó. El guía nos dio la bienvenida con una energía contagiosa, y desde el primer momento nos llevó por las calles del casco antiguo, cargadas de historia, humor y anécdotas.

Comenzamos en la Plaza Ban Jelačić, el corazón de la ciudad, con su imponente estatua ecuestre. Aquí aprendí sobre los conflictos históricos de Croacia y su independencia relativamente reciente. Desde ahí nos dirigimos al Mercado Dolac, el vibrante mercado al aire libre lleno de puestos de frutas, verduras y flores. Aunque no tuve tiempo de comprar, la energía del lugar, con las voces de los vendedores y el aroma a productos frescos, me llenó de vida.

El tour nos llevó por las calles adoquinadas del barrio de Gradec, el Zagreb alto, con paradas en la Iglesia de San Marcos, famosa por su colorido techo de azulejos que representa los escudos de armas de Croacia y Zagreb. Es una de esas vistas que parecen una postal en la vida real. Aquí, nuestro guía nos contó historias sobre los gremios medievales y las rivalidades entre el Zagreb alto y el Zagreb bajo, historias que daban vida a cada rincón.

Una de las paradas más interesantes fue el Túnel Grič, un refugio subterráneo que se utilizó durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Independencia de Croacia. Caminar por él fue como adentrarse en un capítulo oscuro de la historia reciente, pero también un recordatorio del espíritu resiliente de los croatas.

Para cerrar el recorrido, nos llevaron al Mirador de Lotrščak, desde donde se tiene una vista panorámica espectacular de toda la ciudad. Allí, mientras observaba los tejados de Zagreb y el horizonte que se perdía más allá, me sentí agradecido por haber incluido esta parada en mi viaje, aunque fuera breve.

Antes de partir, me di tiempo para probar algo de la gastronomía local. Opté por un strukli, un plato típico croata hecho con masa rellena de queso fresco, gratinado al horno. Fue el bocado perfecto para despedirme de Zagreb con un sabor inolvidable.

Y así, con el espíritu lleno de historia, cultura y sabores, me puse en marcha hacia Budapest. Dejaba atrás una ciudad que, en apenas unas horas, logró dejar una marca en mi viaje. Mientras el tren avanzaba hacia Hungría, miré por la ventana y me prometí a mí mismo regresar algún día para explorar Zagreb con más calma.

El trayecto hacia Zagreb se convirtió en uno de esos momentos que guardaré para siempre en el corazón. Fue como si la naturaleza y el destino se hubieran puesto de acuerdo para regalarme el mejor atardecer de todo mi Interrail. Mientras el tren avanzaba serpenteando junto al río Sava, el cielo comenzó a transformarse en una paleta infinita de colores: tonos rosados, anaranjados y dorados que se reflejaban en las tranquilas aguas del río, creando un espectáculo visual que parecía salido de un cuadro impresionista.

Me acomodé en mi asiento, dejando que el paisaje me envolviera. Había algo profundamente sereno en ese momento, como si el mundo se ralentizara solo para mí. Miré por la ventana mientras las colinas y los pequeños pueblos ribereños se teñían con los últimos rayos del sol. Era el tipo de belleza que te hace olvidar todo lo demás, como si cada problema o preocupación se diluyera junto con la luz del día.

Fue en ese mágico escenario donde conocí a dos chicas de Montenegro que estaban sentadas cerca de mí. Todo comenzó con una sonrisa y un comentario casual sobre la vista. En cuestión de minutos, estábamos charlando como si nos conociéramos de toda la vida. Jóvenes, vibrantes y compartían la misma pasión por viajar y descubrir el mundo. Me contaron sobre su tierra natal, los paisajes montañosos de Montenegro, su costa que parece sacada de un sueño, y las historias de sus propias aventuras.

Con cada palabra, me transportaron a su hogar, describiéndolo con tanto cariño y detalle que casi podía imaginarme allí, caminando por las calles de Kotor o disfrutando de un café frente al Adriático. A su vez, compartí con ellas mis experiencias en el viaje y las maravillas que había descubierto hasta ese momento. Fue un intercambio genuino, uno de esos encuentros espontáneos que hacen que viajar sea tan especial.

Mientras el sol finalmente se ocultaba tras el horizonte, nos reímos, compartimos anécdotas y hasta intercambiamos recomendaciones de lugares que no podíamos perdernos en nuestros respectivos itinerarios. Antes de darnos cuenta, el tren comenzó a desacelerar, anunciando nuestra llegada a Zagreb. Al despedirnos, prometimos mantenernos en contacto y quién sabe, tal vez volver a encontrarnos en algún rincón del mundo.

Ese trayecto, entre el espectáculo del atardecer sobre el río Sava y la compañía inesperada, fue un recordatorio de la magia de los viajes. A veces, el camino mismo es tan memorable como el destino. Mientras bajaba del tren en Zagreb, con el corazón lleno de gratitud, supe que acababa de vivir uno de esos momentos irrepetibles que siempre recordaré como uno de los puntos más brillantes de mi Interrail.

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