Venecia… al fin la conocí, y aún ahora, cuando cierro los ojos, siento que nunca me fui de allí. Hay algo en esa ciudad que se clava en el alma, algo que no se puede explicar hasta que estás allí, de pie, sobre uno de sus infinitos puentes, mirando cómo el agua y el tiempo parecen bailar juntos.
Llegar a Venecia fue como entrar en un sueño. Cuando el tren se detuvo en Santa Lucia y salí de la estación, lo primero que vi fue el Gran Canal. Me quedé inmóvil por un momento, como si mi cuerpo necesitara un instante para aceptar que aquello era real: los vaporettos navegando suavemente, las fachadas de los palacios reflejándose en el agua y esa luz… una luz que parecía estar hecha para Venecia y para nadie más.
Perderme por sus callejuelas fue lo mejor que pude hacer. No tenía prisa ni destino fijo; solo quería caminar, cruzar puentes y descubrir. Cada rincón parecía una obra de arte. Había momentos en los que el silencio era tan profundo que solo se escuchaba el murmullo del agua, y en otros, las risas de los turistas y las canciones de los gondoleros llenaban el aire.
Cuando llegué a la Piazza San Marco, me sentí pequeño. La plaza era más grande y más majestuosa de lo que imaginé, con la Basílica de San Marcos luciendo como un tesoro bizantino traído desde otro mundo. El Campanile se alzaba imponente, y el Palacio Ducal, con sus arcos y su historia, parecía susurrar secretos de épocas pasadas. Me senté un rato allí, dejando que el bullicio de la plaza y las gaviotas que volaban por encima se mezclaran con mis pensamientos.
El atardecer llegó mientras paseaba por la Riva degli Schiavoni. El cielo se tiñó de tonos cálidos, y la ciudad, bañada en esa luz dorada, parecía una pintura viva. Tomé un vaporetto para ver Venecia desde el agua. Cada edificio, cada palacio junto al canal parecía contar una historia, y en ese momento entendí por qué tantos poetas, artistas y viajeros habían sido seducidos por esta ciudad.
Pero fue en la noche, cuando las calles se vaciaron y el agua reflejaba las luces de los faroles, cuando Venecia realmente se reveló a mí. En ese silencio, mientras cruzaba un puente solitario, me di cuenta de que no solo había visitado Venecia; había encontrado algo que siempre había estado buscando.
Ahora, cuando pienso en ella, siento que dejó una marca en el fondo de mi ser. Venecia no es solo un lugar; es un sentimiento, un sueño que no se borra y un recuerdo que siempre estará conmigo.
















