Troya: Entre la Historia y la Realidad
Con el corazón lleno de emoción y la cabeza repleta de imágenes de guerreros, murallas impenetrables y caballos de madera, emprendí mi viaje a Troya. La sola idea de pisar la tierra donde héroes como Héctor y Aquiles habían luchado me hacía sentir parte de la historia.
Pero al llegar… bueno, la realidad golpeó más fuerte que una lanza en plena batalla.
Troya no era una ciudad majestuosa con grandes puertas y calles adoquinadas. Era un sitio arqueológico con restos de piedra y cimientos desgastados por el tiempo. A simple vista, parecía poco más que montones de rocas esparcidas en el campo. Miré a mi alrededor buscando algo que me transportara a la épica de Homero, pero mi imaginación tenía que trabajar horas extra.
Aun así, había algo fascinante en estar allí. Me detuve en lo que quedaba de las antiguas murallas y pensé en los soldados griegos esperando fuera de ellas, en la legendaria astucia de Odiseo al idear el Caballo de Troya. Vi las nueve capas de la ciudad, construidas una sobre otra, testimonio de siglos de historia.
El guía intentó animarnos con historias sobre la importancia arqueológica del lugar, pero era difícil ignorar la sensación de que esperaba algo más… bueno, impresionante.
Al final, Troya no era el espectáculo visual que imaginé, pero el peso de su historia seguía siendo innegable. Quizás no vi una ciudad gloriosa en ruinas, pero sí estuve en el lugar donde el mito y la realidad se entrelazan. Y eso, al final del día, también tiene su magia.

























