Trieste… ¿quién lo iba a imaginar? Una ciudad portuaria que, al llegar, parecía tranquila, con ese aire melancólico que tienen las urbes que viven frente al mar. Pero esa calma era solo una fachada, porque bastó adentrarme en sus calles para encontrarme con una vibrante celebración, una fiesta inesperada que parecía envolverlo todo. Trieste, al igual que la vida, es capaz de sorprenderte cuando menos lo esperas.
Lo primero que me impresionó fue su puerto, el Molo Audace, extendiéndose hacia el Adriático, como un puente entre Italia y el resto del mundo. Caminé hasta el final del muelle y sentí cómo la brisa marina me despejaba los pensamientos. Frente a mí, el horizonte parecía infinito, y por un momento, comprendí por qué esta ciudad ha sido cruce de culturas, influencias y sueños.
Pero la verdadera magia comenzó cuando volví hacia el centro. Las calles estaban llenas de vida, con música que se mezclaba con las risas y el bullicio de la gente. Había banderas y decoraciones por todos lados, como si la ciudad entera estuviera celebrando algo que todos entendían menos yo. Pregunté a una pareja local qué pasaba, y me sonrieron con orgullo: “Estamos en fiestas. Trieste siempre tiene una excusa para celebrar.”
La Piazza Unità d’Italia, una de las plazas más grandes y hermosas que jamás he visto, era el epicentro de todo. Sus imponentes edificios neoclásicos, iluminados con luces de colores, parecían observar con calma la energía que estallaba en las calles. Allí, entre conciertos, puestos de comida y familias bailando, me sentí como uno más, perdido en la alegría del momento.
Trieste tiene esa cualidad única de ser italiana pero también distinta. Su historia como ciudad fronteriza se siente en cada rincón, en su arquitectura, en su gastronomía y en su gente. Aquí, el espresso no es cualquier café: es un ritual. Así que me senté en el famoso Caffè San Marco, un lugar que ha sido refugio de escritores y soñadores durante generaciones, y me dejé llevar por el aroma del café mientras miraba cómo la fiesta continuaba afuera.
Al despedirme de Trieste, sabía que también estaba cerrando un capítulo. El Giro de Italia, que me había acompañado por tanto tiempo, se quedaba atrás, junto con la intensidad y el bullicio de Italia. Miré una última vez el puerto antes de tomar mi camino hacia los países de Oriente. Había algo simbólico en ese momento: partir desde un lugar que siempre ha sido una puerta entre Occidente y Oriente, entre lo familiar y lo desconocido.
Trieste no solo me regaló una fiesta inesperada; me recordó que cada viaje está lleno de sorpresas, y que la verdadera aventura no está solo en los destinos, sino en los momentos que no planeamos, los que nos transforman.








