Mi último día en Tesalónica, y quise aprovechar cada momento antes de partir. Comencé la mañana con un paseo por el puerto, donde la brisa marina me envolvía y el sol reflejaba su luz dorada sobre el agua. Me detuve un momento a observar los barcos meciéndose suavemente y respiré hondo, tratando de guardar en mi memoria el aroma a sal y café recién hecho que flotaba en el aire.
Desde allí, me adentré en el centro histórico, caminando por sus calles llenas de historia y vida. La Torre Blanca se alzaba majestuosa ante mí, recordándome los siglos de historia que han pasado por esta ciudad. Seguí mi recorrido hasta la Rotonda de Galerio, cuya imponente cúpula y paredes antiguas me transportaron a otra época. En cada rincón, las iglesias bizantinas y los edificios neoclásicos se mezclaban con el ritmo moderno de la ciudad, creando un contraste único.
Antes de despedirme, me senté en una terraza con vista al mar y pedí un café griego. Observé la gente pasar, el ir y venir de la ciudad, y sentí una mezcla de nostalgia y gratitud. Tesalónica me ha regalado paisajes, historia y momentos inolvidables. Pero ahora es momento de seguir el viaje. En unas horas, partiré hacia Macedonia del Norte, con el corazón lleno de recuerdos y la emoción de descubrir un nuevo destino.




























