Sofia – Tour gastronómico

Desde el primer bocado, supe que este tour gastronómico en Sofía iba a ser algo inolvidable.

Desayuno: Un comienzo perfecto

Nada más salir del hostel, me dirigí a una panadería local para probar la famosa banitsa. Apenas le di un mordisco, entendí por qué es el desayuno más querido en Bulgaria. La masa crujiente y dorada escondía un relleno cremoso de queso blanco que se derretía en la boca. Para acompañarlo, pedí un ayran, esa bebida de yogur salado que los búlgaros toman como si fuera agua. El contraste era perfecto: salado, cremoso, refrescante.

Mediodía: La esencia de Bulgaria en un plato

A la hora del almuerzo, encontré un restaurante tradicional con mesas de madera, manteles bordados y una carta llena de platos que prometían sorprenderme. Empecé con una Shopska Salata, una ensalada que, aunque sencilla, explotaba en frescura y sabor. Los tomates y pepinos crujientes, mezclados con cebolla y cubiertos con una montaña de queso sirene rallado, eran la definición de la perfección.

Luego llegó el plato fuerte: un Kavarma servido en una cazuela de barro humeante. Era un guiso de carne de cerdo cocinado lentamente con pimientos, cebolla y especias que hacían que cada bocado fuera una experiencia reconfortante. Lo acompañé con pan recién horneado, suave por dentro y crujiente por fuera.

Y claro, no podía faltar una copa de rakia. Me habían advertido que era fuerte, pero no estaba preparado para el golpe de calor que me dio en la garganta. Aun así, después de un par de sorbos, entendí por qué es la bebida nacional.

Merienda: Un toque dulce

A media tarde, necesitaba algo dulce. Me acerqué a una pastelería y pedí un trozo de baklava. La combinación de miel y nueces crujientes era adictiva. No contento con eso, probé un mekitsa, una especie de masa frita parecida a un donut, pero más esponjoso. Lo servían con azúcar en polvo y mermelada de frutas, y cada mordisco me acercaba más al paraíso.

Cena: El festín final

Para cerrar el día con broche de oro, decidí darme un verdadero festín. Pedí un Sache, una parrillada servida en una plancha caliente, con distintos tipos de carne, champiñones y pimientos asados. Todo chisporroteaba en la mesa, soltando un aroma irresistible.

Con el estómago lleno y una sonrisa en el rostro, salí a caminar por las calles de Sofía, disfrutando la brisa nocturna y la sensación de haber descubierto un país a través de su comida. Sin duda, Bulgaria me había conquistado por el estómago.

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