¡Finalmente llegamos a Sofía! Después de cruzar Bulgaria desde Ruse, la capital me recibió con una explosión de color primaveral, calles llenas de vida y una arquitectura que combinaba historia, modernidad y un toque casi místico. No sabía exactamente qué esperar de Sofía, pero lo que encontré superó cualquier idea previa.
Desde el primer paseo por la ciudad, me sorprendió la cantidad de parques y árboles en flor, dándole un aire vibrante y acogedor. Las montañas de Vitosha al fondo creaban un paisaje perfecto, recordándome que Sofía es una de esas raras capitales donde la naturaleza y la ciudad conviven en perfecta armonía.
Lo primero en mi lista fue un tour por el centro histórico, y vaya que valió la pena. Caminé entre imponentes edificios como la Catedral de Alexander Nevski, con su cúpula dorada brillando bajo el sol. Su interior, con frescos oscuros y una sensación de solemnidad, me dejó sin palabras. Luego, pasé por la Iglesia de San Jorge, escondida entre edificios modernos, y la impresionante Mezquita Banya Bashi, que recordaba el pasado otomano de la ciudad. Cada esquina tenía una historia, cada edificio era testigo de los siglos que han moldeado a Sofía en lo que es hoy.
Por supuesto, no podía perderme la gastronomía. Probé una deliciosa banitsa, un pastel de hojaldre relleno de queso, perfecta para el desayuno. A la hora de la comida, fui por un shopska salata, la ensalada nacional de Bulgaria, y un kavarma, ese guiso de carne especiado que me había enamorado desde Ruse. Todo acompañado, por supuesto, de una copa de rakia, el licor fuerte que los búlgaros toman como agua.
Pero lo mejor llegó con la noche en Sofía. Había escuchado que la ciudad tenía una de las mejores vidas nocturnas de los Balcanes, y decidí comprobarlo. Terminé en un bar oculto, de esos que solo los locales conocen, con luces tenues, buena música y un ambiente que invitaba a quedarse horas. Más tarde, fui a un club donde la fiesta no paraba, con música balcánica fusionada con electrónica, gente bailando sin preocupaciones y un ambiente increíble.
Cuando salí del club, ya de madrugada, caminé por las calles vacías de Sofía sintiendo una mezcla de cansancio y felicidad. Esta ciudad tenía de todo: historia, cultura, naturaleza y una energía vibrante que la hacía única. Bulgaria me estaba sorprendiendo en cada paso, y Sofía fue el mejor inicio para seguir explorando este país fascinante.











































