Dejamos Tesalónica atrás y, con ella, la Unión Europea. También nos despedimos del euro y, de repente, al cruzar la frontera, sentimos esa extraña pero placentera sensación de volver a ser ricos. Bienvenidos a Macedonia del Norte.
Llegamos a Skopie al atardecer. La ciudad nos recibe con un aire vibrante y un sinfín de estatuas que parecen mirarnos desde cada esquina. Nos alojamos por dos noches y, con ganas de explorar, salimos a recorrer sus calles.
Cruzamos el Puente de Piedra, que une lo antiguo con lo moderno, y llegamos a la Plaza de Macedonia, donde nos espera la imponente estatua de Alejandro Magno a caballo. Es enorme, majestuosa, imposible de ignorar. A nuestro alrededor, fuentes iluminadas, edificios neoclásicos y un aire que mezcla historia con un toque de artificialidad.
Seguimos caminando y nos encontramos con la Casa Memorial de la Madre Teresa. Saber que esta mujer, que dedicó su vida a los más necesitados, nació aquí en 1910 le da un significado especial al lugar.
Subimos hasta la Fortaleza de Skopie (Kale) y, desde lo alto, contemplamos la ciudad. El río Vardar la atraviesa con elegancia, dividiendo el pasado otomano del presente moderno. Desde aquí se ven los techos rojos del Antiguo Bazar, las cúpulas de las mezquitas y, al fondo, las montañas que rodean la capital.
La noche cae sobre Skopie, y la ciudad se ilumina con una mezcla de luces doradas y reflejos sobre el río. Nos sentamos en una taberna local, probamos un Tavče Gravče acompañado de un buen vaso de rakija, y brindamos por este viaje, por la sensación de estar en un lugar nuevo, y por el placer de sentir, aunque sea por un instante, que somos ricos otra vez.
Mañana seguiremos explorando. Pero esta noche, Skopie nos pertenece.
















































