Santorini

Dos días fantásticos en Santorini

Llegar a Santorini fue un sueño hecho realidad. Siempre había visto fotos de sus casas blancas colgadas en los acantilados y sus atardeceres de ensueño, pero estar ahí, en persona, fue algo completamente diferente.

Desde el primer momento, supe que viajar en mayo había sido la mejor decisión. Pocos turistas, precios accesibles y un clima perfecto. Conseguí una habitación de hotel por solo 35€, cuando una semana después ya costaba más del doble. Un auténtico lujo sin gastar de más.

El primer día decidimos alquilar una moto y recorrer toda la isla. Empezamos por Akrotiri, un pequeño pueblo con ruinas antiguas y vistas impresionantes. Luego nos dirigimos a Perissa, famosa por su playa de arena negra volcánica. Pero lo mejor fue Sellada Beach, una joya escondida con aguas cristalinas y un ambiente tranquilo. No había mejor manera de disfrutar la esencia de las islas griegas.

Al caer la tarde, nos dirigimos a Oía, el lugar más icónico de Santorini. Sabía que el atardecer allí era famoso, pero no imaginaba la cantidad de gente que se congregaba para verlo. A pesar de la aglomeración, el espectáculo fue inolvidable: el sol sumergiéndose en el mar, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados, mientras las cúpulas azules y las casas blancas reflejaban la luz mágica del crepúsculo.

El segundo día lo dedicamos a explorar los acantilados con sus casas encaladas y esas increíbles piscinas privadas que parecían flotar sobre el mar. Era imposible no soñar con alojarse en una de ellas algún día. Después de tanta caminata, hicimos una parada para probar la gastronomía local. Un buen plato de moussaka, gyros recién preparados y una copa de vino de la isla fueron el cierre perfecto para esta aventura griega.

Santorini superó todas mis expectativas. En solo dos días, pude sentir la magia de sus paisajes, la calidez de su gente y la esencia única de las islas Cícladas. Sin duda, un destino al que volveré algún día.

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