Plovdiv

Mis últimos días en Plovdiv antes de cruzar a Turquía

Después de días increíbles en Sofía, llegué a Plovdiv, una ciudad que me atrapó desde el primer momento. Sabía que era una de las más antiguas de Europa, pero no esperaba encontrarme con un lugar tan vibrante, lleno de historia, cultura y una atmósfera única.

El casco antiguo me dejó sin palabras. Sus calles empedradas, casas con fachadas coloridas y balcones de madera me hicieron sentir como si estuviera caminando en otro siglo. Subí hasta el Teatro Romano, una joya perfectamente conservada que aún se usa para conciertos y eventos. Desde allí, tuve una vista panorámica de la ciudad y del río Maritsa, con el sol bañando los tejados en tonos dorados.

Luego caminé por Kapana, el barrio artístico de Plovdiv. Tiendas de diseño, cafés con terraza y arte callejero en cada esquina le daban un aire bohemio que me recordó a algunos barrios de Berlín o Budapest. Me senté en un café, pedí un espresso fuerte y simplemente disfruté viendo a la gente pasar.

Por supuesto, la gastronomía no podía faltar. En mi última noche, me despedí de Bulgaria con un auténtico festín: una ensalada Shopska, una parrillada de carne servida en una plancha caliente y un vaso de Mavrud, el vino búlgaro de sabor intenso. Todo estaba delicioso, y el ambiente del restaurante, con música tradicional de fondo, hizo que la experiencia fuera aún mejor.

Con la sensación de haber descubierto una de las ciudades más especiales de los Balcanes, me preparé para el siguiente destino. Turquía me esperaba, pero Plovdiv se quedó conmigo, grabado en mi memoria como uno de esos lugares a los que, sin duda, querré volver.

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