Luxemburgo

Llegué a Luxemburgo con el tiempo justo, pero con la intención de aprovechar cada minuto. Desde la estación, me dirigí directamente al casco antiguo, un laberinto de calles adoquinadas llenas de historia. La Plaza de Armas fue mi primer alto en el camino, donde me tomé un café rápido mientras observaba la vida de la ciudad.

No podía perderme las Casamatas del Bock, así que caminé hasta estas antiguas fortificaciones excavadas en la roca. Desde allí, las vistas del valle del río Alzette eran impresionantes. Al asomarme, vi el Barrio de Grund, un rincón pintoresco con casas de colores y calles empedradas que parecían sacadas de un cuento.

El siguiente punto en mi recorrido fue el Palacio Gran Ducal, una joya renacentista con una fachada que refleja la elegancia del ducado. Apenas tuve tiempo para admirarlo cuando seguí mi ruta hacia la Catedral de Nuestra Señora de Luxemburgo, con su mezcla de estilos gótico y barroco.

Para cerrar la visita, crucé el Pont Adolphe, uno de los símbolos de la ciudad. Desde allí, las vistas del valle de Pétrusse eran espectaculares, con el contraste entre naturaleza y arquitectura.

El reloj avanzaba rápido y mi tren hacia Estrasburgo no esperaba. Luxemburgo me dejó con ganas de más, pero en solo unas horas había sentido su esencia: una ciudad pequeña, pero con una riqueza histórica y visual que la hace única. Con esa imagen en la mente, subí al tren, listo para el siguiente destino. 🚆

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