Mi deseada aventura por las islas griegas por fin comienza. Después de haber recorrido Francia e Italia con mi pase de Interrail, soñaba con cruzar a Albania o Grecia, pero en abril el clima no era ideal, con lluvias que hacían poco atractivo el viaje a las islas. Por eso, decidí explorar el interior de Europa, visitando países sin playas tan populares como las griegas. Pero ahora, por fin, estoy aquí.
Bajo del ferri en Kos con la emoción de quien pisa un nuevo destino por primera vez. El puerto está lleno de viajeros que, como yo, llegan desde Turquía, mezclándose con el ir y venir de locales en sus motos y bicicletas. Lo primero que noto es el ambiente relajado de la isla: el aire es salado, el sol brilla con fuerza y las fachadas blancas de las casas contrastan con el azul intenso del mar.
Camino por el paseo marítimo y me encuentro con la gran plaza Eleftherias, donde se levanta el mercado municipal con su estructura de inspiración italiana. Dentro, los aromas a aceitunas, hierbas aromáticas y frutas frescas me invitan a detenerme. Me compro un koulouri, un pan griego con sésamo, perfecto para seguir explorando.
No tardo en llegar al Árbol de Hipócrates, un enorme plátano bajo el cual, según la leyenda, el padre de la medicina enseñaba a sus discípulos. Su sombra es un refugio fresco en el calor del mediodía. Al otro lado de la calle, las ruinas del castillo de los Caballeros de San Juan se alzan sobre el puerto, testigos de la historia de la isla.
Decido alquilar una bicicleta, la forma ideal de moverme por Kos. Pedaleo entre calles estrechas y patios llenos de flores, hasta llegar a una pequeña taberna con mesas al aire libre. Me siento y pido un souvlaki con tzatziki, disfrutando del sabor inconfundible de la comida griega.
El tiempo pasa volando. Me queda poco antes de continuar mi ruta, pero Kos me ha conquistado con su tranquilidad, su historia y su ambiente isleño. Me despido con la promesa de volver, quizá en verano, cuando la isla cobra aún más vida.















