Estrasburgo

Después de una visita exprés a Luxemburgo, el tren nos llevó rápidamente a Estrasburgo, una ciudad que ya había tenido el placer de conocer, pero que nunca deja de sorprenderme. Esta vez, aunque solo iba a pasar un día, me sentí emocionado de revivir sus encantos una vez más. Llegamos a The People Strasbourg Hostel, un lugar animado y lleno de vida, donde nos recibió un ambiente bastante especial: justo esa noche se celebraba una fiesta LGTBI con drag queens. ¡No me lo podía perder! El espectáculo fue absolutamente increíble, una explosión de colores, energía y talento. Las drag queens brillaron en el escenario con actuaciones que dejaban al público boquiabierto. Fue una forma perfecta de empezar nuestra corta estancia en la ciudad.

Al día siguiente, ya con el espíritu cargado de diversión, decidí aprovechar el tiempo al máximo. Recorrí las calles de Estrasburgo, y como siempre, La Petite France me cautivó con sus casas de entramado de madera, sus canales tranquilos y sus puentes cubiertos. Me volví a perder en el laberinto de sus encantadoras calles y, como no, volví a admirar la majestuosa Catedral de Notre-Dame de Estrasburgo, con sus impresionantes detalles góticos y la famosa vista desde su torre. El barrio de la Krutenau, con sus bares y tiendas bohemias, también fue una parada obligatoria.

Antes de marchar, teníamos planeado un pequeño escape a Colmar, una ciudad que no solo es famosa por su belleza, sino que parece sacada de un cuento de hadas. Al llegar, lo primero que me sorprendió fue su impresionante Casco Antiguo, con casas de colores brillantes que parecían salidas de una pintura. El Petit Venice es, sin duda, el lugar más fotogénico de la ciudad, con sus canales rodeados de encantadoras casas medievales. Caminamos por sus calles tranquilas, disfrutando de cada rincón pintoresco.

A medida que nos acercaba la tarde, regresamos a Estrasburgo y, antes de finalizar el día, decidimos hacer algo que no me esperaba: un Wine Tour en el Cave Historique Hospices Strasbourg. Fue una experiencia única recorrer las bodegas, aprender sobre la historia del vino en la región de Alsacia y, por supuesto, disfrutar de unas catas deliciosas. Los vinos alsacianos, especialmente los blancos, son un verdadero tesoro. La historia detrás de las bodegas y la tradición vinícola me cautivó tanto como el sabor de los vinos.

Después de esos dos días bien completos, sentí que había aprovechado al máximo mi tiempo en Estrasburgo y Colmar. Pero la aventura no terminaba allí. El siguiente destino era Suiza, y mi propósito estaba claro: tomar el Glacier Express, el famoso tren panorámico que recorre los Alpes suizos.

Así que, con recuerdos imborrables de la fiesta en el hostel, los paseos por las calles de Estrasburgo y Colmar, y el sabor de los vinos de Alsacia, me preparé para la siguiente etapa de mi viaje. ¡Suiza nos esperaba!

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