Cuatro días en Estambul dan para mucho. Desde el primer momento, la ciudad me envolvió con su energía, su historia y su mezcla única de culturas.
Las visitas a las mezquitas grandiosas fueron un viaje en el tiempo. La majestuosidad de Santa Sofía, la belleza de la Mezquita Azul y la tranquilidad de Süleymaniye me transportaron a la época de los sultanes, cuando el Imperio Otomano dominaba medio mundo. Cada rincón contaba una historia, cada mosaico y cúpula hablaban de siglos de esplendor.
Pero lo mejor de los viajes son siempre las sorpresas. Una noche, mientras exploraba la vida nocturna de Estambul, terminé en un bar donde una familia americana celebraba algo especial. Para mi sorpresa, habían contratado un show privado de danza del vientre y música turca, y como yo estaba en la mesa de al lado, terminé siendo parte de la fiesta. El ritmo de los tambores, el sonido del saz y la hipnótica danza crearon un ambiente mágico. Fue una de esas noches inesperadas que quedan grabadas en la memoria.
También hice el recorrido clásico por los lugares más emblemáticos: el Gran Bazar, el Palacio de Topkapi, la Torre de Gálata y un paseo en barco por el Bósforo. Cada día traía una nueva perspectiva de la ciudad, de su gente y de su historia.
Cuatro días fueron intensos, pero me dejaron con la sensación de que Estambul siempre tiene algo más que ofrecer. Es una ciudad para perderse, para dejarse sorprender y para volver.

























































