El verano estaba a las puertas de Escandinavia, y los trenes lo sabían. Atestados de viajeros, mochileros, familias y locales ansiosos por aprovechar el sol, nos embarcamos desde Oslo rumbo a Copenhague, nuestro siguiente destino. La capital danesa nos recibiría por apenas un día, una visita relámpago antes de continuar con mi frenético itinerario.
Al llegar, la ciudad me atrapó de inmediato. Copenhague tiene ese aire sofisticado pero relajado, donde la modernidad se mezcla con la historia en cada rincón. Sin tiempo que perder, me lancé a recorrer la ciudad. Lo primero, Nyhavn, el icónico puerto con sus casas de colores reflejadas en el agua. Sentí que estaba dentro de una postal. La brisa marina y el bullicio de los cafés me dieron ganas de quedarme más tiempo, pero el reloj no se detenía.
Luego, pasé por la plaza del Ayuntamiento y caminé hasta los Jardines de Tivoli. No subí a ninguna atracción, pero absorbí el ambiente, con su mezcla de nostalgia y magia. Un vistazo rápido a la estatua de la Sirenita, más pequeña de lo que imaginaba, y de nuevo en marcha.
Apenas un día en Dinamarca y ya estaba de vuelta en un tren, rumbo al siguiente destino. La locura apenas comenzaba: en solo 12 días tenía que cruzar 10 países antes de llegar a Budapest para la despedida de soltero de Carles. ¡Una odisea total! Alemania, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Francia, Suiza, República Checa y, finalmente, Hungría. Casi sin respiro, saltando de ciudad en ciudad para cumplir con mi compromiso.
Y por si fuera poco, dos días después tendría que viajar a Mallorca para la boda de Mónica Piñeiro y Maciej Bielen. Vaya agenda, vaya viaje, vaya locura… Pero qué increíble aventura estaba viviendo.
Las reglas eran claras desde el principio: “No fotos, no violencia, no prisas”. Caminé por Pusher Street, la calle principal, donde los puestos de droga se alineaban sin pudor, ofreciendo marihuana y hachís como si fueran simples souvenirs. El olor a cannabis impregnaba el aire y la gente parecía estar en otro estado de conciencia. Algunos simplemente relajados, otros totalmente desfasados, perdidos en su propio universo.
Entre la anarquía y la libertad absoluta, había un ambiente festivo. Bares con música en vivo, murales de colores psicodélicos y fiestas que parecían no tener fin. Todo tenía un aire de descontrol, pero a la vez de comunidad, como si Christiania funcionara bajo sus propias normas, alejadas del mundo exterior.
Pasé un buen rato explorando sus rincones, observando la vida en este experimento social único. Pero mi tiempo en Copenhague se agotaba, y aún tenía muchos kilómetros por recorrer. Dejé atrás Christiania con la sensación de haber visto un lado de Europa que no se encuentra en ninguna guía de viajes.
De vuelta al tren, mi mente ya estaba en el siguiente destino. 12 días, 10 países… La locura apenas comenzaba.