Atenas, la cuna de la civilización occidental, me recibió con un sol radiante y un aire cargado de historia. Después de visitar Santorini, llegue en barco a la noche a Atenas, dejé mis cosas en el hotel y salí directamente a explorar. Sabía que tenía solo dos días, así que quería aprovechar cada minuto.
Día 1: La Acrópolis y el corazón de la ciudad
Mi primera parada, por supuesto, fue la Acrópolis. Subir la colina y ver el Partenón con mis propios ojos fue simplemente impresionante. Cada piedra de ese lugar parecía contar una historia milenaria. Me detuve un buen rato admirando la vista de Atenas desde lo alto, con sus tejados blancos y el Monte Licabeto al fondo. También visité el Erecteion, con sus icónicas Cariátides, y el Teatro de Dionisio, donde alguna vez se representaron las primeras obras de teatro de la historia.
Después de recorrer la Acrópolis, bajé al Museo de la Acrópolis, un sitio moderno y fascinante que alberga esculturas y objetos antiguos encontrados en las excavaciones. No podía creer lo bien conservadas que estaban algunas piezas.
Más tarde, caminé por Plaka, el barrio más antiguo de Atenas. Sus calles estrechas, llenas de tabernas y tiendas de recuerdos, tenían un encanto especial. Me senté en una terraza y probé un gyros con tzatziki y una copa de vino griego. No hay mejor manera de sumergirse en la cultura local que a través de su comida.
Al caer la tarde, me dirigí a la Plaza Sintagma para ver el cambio de guardia frente al Parlamento. Los soldados con sus uniformes tradicionales y sus movimientos sincronizados fueron un espectáculo curioso e interesante. Terminé el día paseando por la calle Ermou, la más comercial de la ciudad, antes de regresar al hotel para descansar.
Día 2: Explorando la historia y el presente de Atenas
El segundo día comenzó con una visita al Ágora Antigua, el centro de la vida pública en la Atenas clásica. Allí pude ver el Templo de Hefesto, uno de los templos mejor conservados de Grecia, y el Stoa de Átalo, que alberga un pequeño museo con objetos de la vida cotidiana de los antiguos atenienses.
Luego, caminé hasta el Monte Filopapo, una colina desde donde se tiene una vista espectacular de la Acrópolis y la ciudad entera. La subida fue un poco exigente, pero valió la pena cada paso.
Para el almuerzo, fui a Monastiraki, una de las zonas más animadas de Atenas, llena de mercadillos y restaurantes. Probé una deliciosa moussaka y, como postre, unos loukoumades (pequeñas bolitas de masa frita con miel y canela).
Por la tarde, visité el Templo de Zeus Olímpico y el Estadio Panathinaikó, el único estadio del mundo construido completamente de mármol, donde se celebraron los primeros Juegos Olímpicos modernos en 1896. Sentí la historia en cada rincón.
Para cerrar mi visita, decidí subir al Monte Licabeto, el punto más alto de Atenas. Llegué justo a tiempo para el atardecer, y desde allí pude ver la ciudad teñida de tonos dorados con la Acrópolis brillando en el centro. Fue la mejor manera de despedirme de Atenas, con una vista que quedará grabada en mi memoria para siempre.
Atenas me dejó completamente fascinado. Historia, cultura, gastronomía y paisajes espectaculares, todo en una ciudad vibrante y llena de vida. Sin duda, un destino al que volvería sin pensarlo dos veces.













































