Europa

Rodas

Después de mi paso por Kos, llego a Rodas, la isla de los caballeros, con la emoción de recorrer su casco antiguo, una de las ciudades medievales mejor conservadas de Europa. Nada más cruzar las imponentes murallas de piedra, siento que he viajado en el tiempo. Camino por sus calles empedradas, rodeado de edificios centenarios, arcos de piedra y escudos tallados en las fachadas, vestigios de la época en que los Caballeros de San Juan gobernaban la isla. La Calle de los Caballeros, con sus antiguas posadas, es un túnel al pasado. Imagino a los caballeros cruzando con sus armaduras, planeando sus estrategias de defensa contra los otomanos. Sigo mi paseo hasta el majestuoso Palacio del Gran Maestre, con su arquitectura gótica impresionante. Subo las escaleras y recorro sus enormes salones de piedra, con mosaicos traídos de Kos y techos altos que cuentan historias de otro tiempo. Desde sus torres, la vista del puerto y el mar Egeo es espectacular. Dejo atrás las fortalezas y me pierdo en los callejones menos transitados, donde la historia se mezcla con la vida cotidiana. Tiendas de artesanías, tabernas con olor a souvlaki y música griega de fondo le dan un encanto especial a la ciudad. Termino mi recorrido en la plaza Hippocrates, donde me siento en una terraza con una copa de ouzo y unas aceitunas. El sol empieza a bajar y la luz dorada se refleja en las murallas. Rodas es un museo al aire libre, pero también una ciudad viva, llena de historia, magia y una belleza que me ha atrapado por completo.

Kos

Mi deseada aventura por las islas griegas por fin comienza. Después de haber recorrido Francia e Italia con mi pase de Interrail, soñaba con cruzar a Albania o Grecia, pero en abril el clima no era ideal, con lluvias que hacían poco atractivo el viaje a las islas. Por eso, decidí explorar el interior de Europa, visitando países sin playas tan populares como las griegas. Pero ahora, por fin, estoy aquí. Bajo del ferri en Kos con la emoción de quien pisa un nuevo destino por primera vez. El puerto está lleno de viajeros que, como yo, llegan desde Turquía, mezclándose con el ir y venir de locales en sus motos y bicicletas. Lo primero que noto es el ambiente relajado de la isla: el aire es salado, el sol brilla con fuerza y las fachadas blancas de las casas contrastan con el azul intenso del mar. Camino por el paseo marítimo y me encuentro con la gran plaza Eleftherias, donde se levanta el mercado municipal con su estructura de inspiración italiana. Dentro, los aromas a aceitunas, hierbas aromáticas y frutas frescas me invitan a detenerme. Me compro un koulouri, un pan griego con sésamo, perfecto para seguir explorando. No tardo en llegar al Árbol de Hipócrates, un enorme plátano bajo el cual, según la leyenda, el padre de la medicina enseñaba a sus discípulos. Su sombra es un refugio fresco en el calor del mediodía. Al otro lado de la calle, las ruinas del castillo de los Caballeros de San Juan se alzan sobre el puerto, testigos de la historia de la isla. Decido alquilar una bicicleta, la forma ideal de moverme por Kos. Pedaleo entre calles estrechas y patios llenos de flores, hasta llegar a una pequeña taberna con mesas al aire libre. Me siento y pido un souvlaki con tzatziki, disfrutando del sabor inconfundible de la comida griega. El tiempo pasa volando. Me queda poco antes de continuar mi ruta, pero Kos me ha conquistado con su tranquilidad, su historia y su ambiente isleño. Me despido con la promesa de volver, quizá en verano, cuando la isla cobra aún más vida.

Bodrum

Después de ocho días recorriendo Turquía, llego a Bodrum con la emoción de quien está a punto de cambiar de escenario. Mi tiempo aquí es breve, apenas unas horas antes de zarpar hacia la isla griega de Kos, pero suficientes para respirar la esencia de esta ciudad costera bañada por el Egeo. Nada más llegar, el puerto me recibe con su bullicio de viajeros, ferris entrando y saliendo, y el sonido de las olas rompiendo suavemente contra los muelles. Me aventuro a recorrer el paseo marítimo, donde yates de lujo flotan con elegancia y los cafés rebosan de turistas disfrutando del sol. Decido adentrarme en el casco antiguo, perdiéndome entre callejuelas blancas decoradas con buganvillas fucsias. Las tiendas de artesanías y especias desprenden aromas que me transportan a los bazares de Estambul, pero aquí el ambiente es más relajado, más mediterráneo. No puedo irme sin visitar el Castillo de San Pedro. Subo hasta sus murallas y desde allí, la vista es espectacular: el azul infinito del mar, los barcos listos para zarpar y, a lo lejos, la silueta de Kos esperándome. El tiempo apremia. Un último café turco en una terraza con vistas al puerto y regreso al muelle. La cola de turistas es inmensa, todos con el mismo destino: las islas griegas. Me uno a ellos, con mi billete en mano y una mezcla de nostalgia por dejar Turquía y emoción por la nueva aventura que me espera al otro lado del mar

Izmir

Mi visita a Esmirna fue una experiencia inolvidable. Después de reencontrarme con Gemma y Emily, mis amigas catalanas a quienes conocí en Estambul, decidimos recorrer la ciudad en un free tour. El recorrido nos llevó a rincones únicos, aunque tuvimos un momento inesperado cuando unos funcionarios interrogaron a nuestra guía en pleno tour, impidiéndole continuar por no tener la acreditación necesaria. Aun así, nos dio muy buenos consejos que anoté en mi blog de viaje. Uno de los lugares más peculiares que encontramos fue el Karataş Hoşgör Hamamı, un baño turco con una fachada muy particular de azulejos de colores. No entramos, pero el lugar tenía ese aire auténtico que te transporta a otra época. Luego, paseamos por calles vibrantes llenas de arte y cultura. Nos detuvimos en Darío Moreno Sokağı, una calle dedicada al famoso cantante de origen judío-esmirnio. Aquí encontramos un café con una atmósfera bohemia y un mural colorido que nos invitó a tomarnos una foto. Finalmente, subimos al icónico Asansör, un elevador histórico que conecta la parte baja y alta de la ciudad. Desde la cima, la vista del mar Egeo y la ciudad fue espectacular. La brisa y la panorámica fueron el broche de oro de nuestro recorrido. Pero lo que realmente hizo especial nuestra visita fue la compañía de Koray Dirican, un amigo de Adrià Altarriba, quien muy generosamente nos pasó su contacto. Gracias a Koray, pudimos conocer la esencia de la vida en Esmirna, con sus historias, su amabilidad y su entusiasmo por mostrarnos su ciudad. Para cerrar el día con broche de oro, compartimos una noche magnífica en Café del Mundo, un lugar acogedor donde la conversación fluyó entre risas y reflexiones sobre los viajes, la cultura y la vida misma. Además, en Esmirna probé algunos de los mejores sabores de Turquía. No podía irme sin probar el kumru, un sándwich típico con queso, tomate y embutidos, y el boyoz, un delicioso panecillo traído por los sefardíes. También disfrutamos de un buen çay (té turco) en un café tradicional. Sin duda, Esmirna me dejó con ganas de más. Es una ciudad con historia, encanto y una energía especial. Aqui os dejo la comida tipica que nos recomendo la guia del free tour:

Troya

Troya: Entre la Historia y la Realidad Con el corazón lleno de emoción y la cabeza repleta de imágenes de guerreros, murallas impenetrables y caballos de madera, emprendí mi viaje a Troya. La sola idea de pisar la tierra donde héroes como Héctor y Aquiles habían luchado me hacía sentir parte de la historia. Pero al llegar… bueno, la realidad golpeó más fuerte que una lanza en plena batalla. Troya no era una ciudad majestuosa con grandes puertas y calles adoquinadas. Era un sitio arqueológico con restos de piedra y cimientos desgastados por el tiempo. A simple vista, parecía poco más que montones de rocas esparcidas en el campo. Miré a mi alrededor buscando algo que me transportara a la épica de Homero, pero mi imaginación tenía que trabajar horas extra. Aun así, había algo fascinante en estar allí. Me detuve en lo que quedaba de las antiguas murallas y pensé en los soldados griegos esperando fuera de ellas, en la legendaria astucia de Odiseo al idear el Caballo de Troya. Vi las nueve capas de la ciudad, construidas una sobre otra, testimonio de siglos de historia. El guía intentó animarnos con historias sobre la importancia arqueológica del lugar, pero era difícil ignorar la sensación de que esperaba algo más… bueno, impresionante. Al final, Troya no era el espectáculo visual que imaginé, pero el peso de su historia seguía siendo innegable. Quizás no vi una ciudad gloriosa en ruinas, pero sí estuve en el lugar donde el mito y la realidad se entrelazan. Y eso, al final del día, también tiene su magia.

Una aventura en Çanakkale: el camino a Troya

Llegué a Çanakkale con un propósito claro: visitar la legendaria ciudad de Troya. Lo primero que me sorprendió fue lo barata que era la ciudad. Comer como un rey costaba menos que un café en Europa, y el hospedaje tenía vistas al mar sin necesidad de vender un riñón. La ciudad en sí tenía un aire relajado, con su paseo marítimo salpicado de cafeterías y el famoso Caballo de Troya de la película Troya (sí, el de Brad Pitt). Posé frente a él con mi mejor cara de héroe griego antes de emprender el viaje hacia las ruinas. El encuentro con Troya Después de un corto trayecto, llegué a Troya. Esperaba algo majestuoso, imponente… pero me encontré con montones de piedras y cimientos apenas visibles. Ahí estaba yo, de pie en lo que alguna vez fue una de las ciudades más famosas de la historia, tratando de imaginar grandes murallas y ejércitos en batalla. Pero todo lo que veía eran ruinas. Solo ruinas. Me sentí un poco estafado, pero la historia pesaba más que la decepción. Caminé entre los restos de las antiguas murallas, vi las nueve capas de la ciudad construidas unas sobre otras y traté de imaginar a Helena y a Paris caminando por ahí. Al final, Çanakkale resultó ser la verdadera joya del viaje: comida deliciosa, ambiente relajado y precios ridículamente bajos. Troya… bueno, al menos pude decir que estuve allí.

Estambul – parte 2

Cuatro días en Estambul dan para mucho. Desde el primer momento, la ciudad me envolvió con su energía, su historia y su mezcla única de culturas. Las visitas a las mezquitas grandiosas fueron un viaje en el tiempo. La majestuosidad de Santa Sofía, la belleza de la Mezquita Azul y la tranquilidad de Süleymaniye me transportaron a la época de los sultanes, cuando el Imperio Otomano dominaba medio mundo. Cada rincón contaba una historia, cada mosaico y cúpula hablaban de siglos de esplendor. Pero lo mejor de los viajes son siempre las sorpresas. Una noche, mientras exploraba la vida nocturna de Estambul, terminé en un bar donde una familia americana celebraba algo especial. Para mi sorpresa, habían contratado un show privado de danza del vientre y música turca, y como yo estaba en la mesa de al lado, terminé siendo parte de la fiesta. El ritmo de los tambores, el sonido del saz y la hipnótica danza crearon un ambiente mágico. Fue una de esas noches inesperadas que quedan grabadas en la memoria. También hice el recorrido clásico por los lugares más emblemáticos: el Gran Bazar, el Palacio de Topkapi, la Torre de Gálata y un paseo en barco por el Bósforo. Cada día traía una nueva perspectiva de la ciudad, de su gente y de su historia. Cuatro días fueron intensos, pero me dejaron con la sensación de que Estambul siempre tiene algo más que ofrecer. Es una ciudad para perderse, para dejarse sorprender y para volver.

Estambul

Al día siguiente, decidí viajar desde Plovdiv a Estambul por recomendación de unos compañeros del hostel. Me comentaron que solo había un tren nocturno (incluido en el Interrail), pero que la mejor opción era el autobús. Dicho y hecho, compré mi billete y me preparé para la aventura. En mi blog, tonisau.com, dejo algunas fotos y las apps que mejor funcionan para este tipo de viajes. El trayecto transcurrió sin problemas hasta que cruzamos la frontera con Turquía. Fue entonces cuando el autobús tuvo una incidencia y nos dejó tirados en medio de la autopista. La situación me sorprendió aún más cuando me di cuenta de que no llevaban señales de tráfico reglamentarias, como triángulos o luces de emergencia. En su lugar, colocaron un bidón de gasolina como señal de peligro. Una imagen surrealista. Después de un rato de espera, llegó un autobús de recambio y pudimos continuar nuestro viaje hacia Estambul, una mega metrópolis que conecta Europa con Medio Oriente. Al llegar, todo era nuevo: otra cultura, otra moneda, otra SIM, otro mundo por descubrir. Al día siguiente, decidí sumergirme en la ciudad con un free tour y luego con un tour en barco. Fue impresionante ver la grandeza y la historia de Constantinopla desde distintos ángulos. Estambul no es solo una ciudad, es un viaje en el tiempo, un choque de culturas y un espectáculo para los sentidos.

Plovdiv

Mis últimos días en Plovdiv antes de cruzar a Turquía Después de días increíbles en Sofía, llegué a Plovdiv, una ciudad que me atrapó desde el primer momento. Sabía que era una de las más antiguas de Europa, pero no esperaba encontrarme con un lugar tan vibrante, lleno de historia, cultura y una atmósfera única. El casco antiguo me dejó sin palabras. Sus calles empedradas, casas con fachadas coloridas y balcones de madera me hicieron sentir como si estuviera caminando en otro siglo. Subí hasta el Teatro Romano, una joya perfectamente conservada que aún se usa para conciertos y eventos. Desde allí, tuve una vista panorámica de la ciudad y del río Maritsa, con el sol bañando los tejados en tonos dorados. Luego caminé por Kapana, el barrio artístico de Plovdiv. Tiendas de diseño, cafés con terraza y arte callejero en cada esquina le daban un aire bohemio que me recordó a algunos barrios de Berlín o Budapest. Me senté en un café, pedí un espresso fuerte y simplemente disfruté viendo a la gente pasar. Por supuesto, la gastronomía no podía faltar. En mi última noche, me despedí de Bulgaria con un auténtico festín: una ensalada Shopska, una parrillada de carne servida en una plancha caliente y un vaso de Mavrud, el vino búlgaro de sabor intenso. Todo estaba delicioso, y el ambiente del restaurante, con música tradicional de fondo, hizo que la experiencia fuera aún mejor. Con la sensación de haber descubierto una de las ciudades más especiales de los Balcanes, me preparé para el siguiente destino. Turquía me esperaba, pero Plovdiv se quedó conmigo, grabado en mi memoria como uno de esos lugares a los que, sin duda, querré volver.

Sofia – Tour gastronómico

Desde el primer bocado, supe que este tour gastronómico en Sofía iba a ser algo inolvidable. Desayuno: Un comienzo perfecto Nada más salir del hostel, me dirigí a una panadería local para probar la famosa banitsa. Apenas le di un mordisco, entendí por qué es el desayuno más querido en Bulgaria. La masa crujiente y dorada escondía un relleno cremoso de queso blanco que se derretía en la boca. Para acompañarlo, pedí un ayran, esa bebida de yogur salado que los búlgaros toman como si fuera agua. El contraste era perfecto: salado, cremoso, refrescante. Mediodía: La esencia de Bulgaria en un plato A la hora del almuerzo, encontré un restaurante tradicional con mesas de madera, manteles bordados y una carta llena de platos que prometían sorprenderme. Empecé con una Shopska Salata, una ensalada que, aunque sencilla, explotaba en frescura y sabor. Los tomates y pepinos crujientes, mezclados con cebolla y cubiertos con una montaña de queso sirene rallado, eran la definición de la perfección. Luego llegó el plato fuerte: un Kavarma servido en una cazuela de barro humeante. Era un guiso de carne de cerdo cocinado lentamente con pimientos, cebolla y especias que hacían que cada bocado fuera una experiencia reconfortante. Lo acompañé con pan recién horneado, suave por dentro y crujiente por fuera. Y claro, no podía faltar una copa de rakia. Me habían advertido que era fuerte, pero no estaba preparado para el golpe de calor que me dio en la garganta. Aun así, después de un par de sorbos, entendí por qué es la bebida nacional. Merienda: Un toque dulce A media tarde, necesitaba algo dulce. Me acerqué a una pastelería y pedí un trozo de baklava. La combinación de miel y nueces crujientes era adictiva. No contento con eso, probé un mekitsa, una especie de masa frita parecida a un donut, pero más esponjoso. Lo servían con azúcar en polvo y mermelada de frutas, y cada mordisco me acercaba más al paraíso. Cena: El festín final Para cerrar el día con broche de oro, decidí darme un verdadero festín. Pedí un Sache, una parrillada servida en una plancha caliente, con distintos tipos de carne, champiñones y pimientos asados. Todo chisporroteaba en la mesa, soltando un aroma irresistible. Con el estómago lleno y una sonrisa en el rostro, salí a caminar por las calles de Sofía, disfrutando la brisa nocturna y la sensación de haber descubierto un país a través de su comida. Sin duda, Bulgaria me había conquistado por el estómago.

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