Europa

Bruselas

Bruselas me recibió con su aire cosmopolita y su mezcla de historia y modernidad. Caminando por sus calles adoquinadas, junto a Nicolás Meritano, un joven argentino con el que compartía este tramo del viaje, buscábamos un buen sitio para comer cuando el destino nos regaló un encuentro inesperado. Allí, en medio del bullicio de la ciudad, nos cruzamos con Catherina, la recepcionista del hostel, quien estaba celebrando el cumpleaños de su madre, Yaquelina, recién llegada desde La Habana. Decidimos unirnos a la celebración y terminamos en un restaurante árabe, rodeados de aromas especiados y conversaciones animadas. El momento tenía un aire especial, como si todos nos conociéramos de siempre. Después de la comida, no podía faltar el postre: un auténtico gaufre de Liège, denso, caramelizado y delicioso, que disfrutamos mientras avanzábamos hacia la Place Royale. Allí, el tiempo pareció detenerse por un instante. Cuando llegamos a Mont des Arts, el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte, tiñendo el cielo de colores cálidos. Nos sentamos en las escaleras junto a decenas de personas que bebían, reían y disfrutaban de la noche que se asomaba. La atmósfera era vibrante, llena de juventud y vida. Fue entonces cuando Melor Kurdovanidze se unió a nuestro grupo, ampliando aún más la diversidad de nuestro pequeño equipo nómada. Sin tregua y con la emoción intacta, continuamos nuestra travesía hacia la mítica zona de Delirium, hogar de una de las mejores cervecerías del mundo. El lugar no decepcionó: cientos de opciones de cerveza, un ambiente festivo y la sensación de haber cumplido otro de mis objetivos del Interrail. Bruselas me había conquistado. No solo por su belleza o su cerveza, sino por esos encuentros fortuitos y la magia de compartir el viaje con almas viajeras

Amsterdam

Apenas puse un pie en Ámsterdam, supe que tenía que aprovechar cada momento antes de partir hacia Bélgica. La ciudad me recibió con sus canales tranquilos, bicicletas por todas partes y ese aire vibrante que la hace única. Mientras caminaba por el centro, tratando de ubicarme y decidir mi siguiente destino, conocí a Ana Laura, una viajera de Morelia, México. Nos encontramos por casualidad en la calle, cuando ella me preguntó por algún lugar para visitar. Entre charla y risas, decidimos pasar el día juntos explorando la ciudad. Comenzamos en la Plaza Dam, el corazón de la ciudad. Nos detuvimos un momento para admirar el Palacio Real y la Nieuwe Kerk, rodeados de turistas, palomas y artistas callejeros. Desde allí, caminamos por la calle Damrak hasta llegar a los icónicos canales de Ámsterdam. No podía perderme el Barrio Jordaan, con sus calles adoquinadas y casas estrechas de ladrillo. Ana Laura decidió visitar la Casa de Ana Frank, un sitio que impacta y emociona. Mientras ella recorría el museo, yo aproveché para explorar un poco más el barrio, perdiéndome entre sus calles llenas de historia y encanto. Después de eso, necesitábamos algo más ligero, así que nos dirigimos a una tienda de chocolate donde disfrutamos de algunas delicias dulces antes de seguir explorando. Seguimos recorriendo la ciudad y llegamos al Barrio Rojo, donde nos sorprendió la mezcla de historia y modernidad. Más allá de su fama, la zona está llena de arquitectura medieval, canales iluminados y pequeñas cafeterías con mucho encanto. Entre risas y comentarios sobre lo diferente que es todo ahí, terminamos el día con la sensación de que habíamos aprovechado cada minuto. Antes de irnos, nos dimos un último gusto: unas típicas patatas en Manneken Pis, crujientes y acompañadas de una generosa cantidad de salsa, seguidas de un stroopwafel caliente, recién hecho en un mercado callejero. El caramelo derretido entre las dos galletas fue el broche de oro de nuestra visita. Al final, nos despedimos en la estación. Yo partía hacia Bélgica, y ella tenía otros planes, pero ambos sabíamos que estos encuentros espontáneos son los que hacen que viajar sea aún más especial.

Hamburgo

Desde que bajamos del tren en la estación central de Hamburgo, sentí la energía de la ciudad. Solo teníamos un día para recorrerla, así que nos pusimos en marcha de inmediato. Salimos de la estación y nos dirigimos a nuestro primer destino: el Ayuntamiento de Hamburgo (Rathaus). Es un edificio imponente, con su fachada neorrenacentista llena de detalles. Nos detuvimos unos minutos en la plaza para admirarlo y sacar algunas fotos antes de seguir caminando. Desde allí, nos aventuramos hacia la zona de los lagos Alster. Caminamos por Jungfernstieg, la elegante avenida junto al Binnenalster, y nos maravillamos con la vista del agua y los cisnes deslizándose sobre la superficie. Si hubiera habido más tiempo, me habría encantado sentarme en una terraza a tomar un café, pero seguimos adelante. Después, nos dirigimos al barrio de Speicherstadt, el famoso distrito de almacenes de ladrillo rojo. La vista de los canales y los puentes es impresionante, especialmente desde el Wasserschloss, un edificio icónico en una bifurcación del canal. La mezcla de historia y modernidad en esta zona es increíble. No podía faltar una visita a la Elbphilharmonie. Subimos a la plataforma panorámica y desde allí disfrutamos de una vista espectacular del puerto y del río Elba. El viento soplaba fuerte, pero valió la pena quedarse un rato admirando el horizonte. Para comer, buscamos algo típico y nos decidimos por un Fischbrötchen, un bocadillo de pescado fresco que es un clásico en Hamburgo. Lo comimos de pie, junto al puerto, mientras veíamos los barcos pasar. La última parada fue el barrio de St. Pauli y la Reeperbahn, la famosa calle de ocio nocturno. Aunque era de día, todavía se podía sentir el ambiente vibrante del lugar. Caminamos un poco por sus calles, descubriendo grafitis, bares y referencias a los Beatles, que tocaron aquí en sus inicios. Al final del día, con los pies cansados pero el corazón lleno de imágenes y experiencias, volvimos a la estación para tomar nuestro tren. Hamburgo en un día fue una locura, pero una locura que valió totalmente la pena.

Copenhague

El verano estaba a las puertas de Escandinavia, y los trenes lo sabían. Atestados de viajeros, mochileros, familias y locales ansiosos por aprovechar el sol, nos embarcamos desde Oslo rumbo a Copenhague, nuestro siguiente destino. La capital danesa nos recibiría por apenas un día, una visita relámpago antes de continuar con mi frenético itinerario. Al llegar, la ciudad me atrapó de inmediato. Copenhague tiene ese aire sofisticado pero relajado, donde la modernidad se mezcla con la historia en cada rincón. Sin tiempo que perder, me lancé a recorrer la ciudad. Lo primero, Nyhavn, el icónico puerto con sus casas de colores reflejadas en el agua. Sentí que estaba dentro de una postal. La brisa marina y el bullicio de los cafés me dieron ganas de quedarme más tiempo, pero el reloj no se detenía. Luego, pasé por la plaza del Ayuntamiento y caminé hasta los Jardines de Tivoli. No subí a ninguna atracción, pero absorbí el ambiente, con su mezcla de nostalgia y magia. Un vistazo rápido a la estatua de la Sirenita, más pequeña de lo que imaginaba, y de nuevo en marcha. Apenas un día en Dinamarca y ya estaba de vuelta en un tren, rumbo al siguiente destino. La locura apenas comenzaba: en solo 12 días tenía que cruzar 10 países antes de llegar a Budapest para la despedida de soltero de Carles. ¡Una odisea total! Alemania, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Francia, Suiza, República Checa y, finalmente, Hungría. Casi sin respiro, saltando de ciudad en ciudad para cumplir con mi compromiso. Y por si fuera poco, dos días después tendría que viajar a Mallorca para la boda de Mónica Piñeiro y Maciej Bielen. Vaya agenda, vaya viaje, vaya locura… Pero qué increíble aventura estaba viviendo. Las reglas eran claras desde el principio: “No fotos, no violencia, no prisas”. Caminé por Pusher Street, la calle principal, donde los puestos de droga se alineaban sin pudor, ofreciendo marihuana y hachís como si fueran simples souvenirs. El olor a cannabis impregnaba el aire y la gente parecía estar en otro estado de conciencia. Algunos simplemente relajados, otros totalmente desfasados, perdidos en su propio universo. Entre la anarquía y la libertad absoluta, había un ambiente festivo. Bares con música en vivo, murales de colores psicodélicos y fiestas que parecían no tener fin. Todo tenía un aire de descontrol, pero a la vez de comunidad, como si Christiania funcionara bajo sus propias normas, alejadas del mundo exterior. Pasé un buen rato explorando sus rincones, observando la vida en este experimento social único. Pero mi tiempo en Copenhague se agotaba, y aún tenía muchos kilómetros por recorrer. Dejé atrás Christiania con la sensación de haber visto un lado de Europa que no se encuentra en ninguna guía de viajes. De vuelta al tren, mi mente ya estaba en el siguiente destino. 12 días, 10 países… La locura apenas comenzaba.

Oslo

Al llegar a Oslo desde Estocolmo con mis dos amigos australianos, me encontré con una ciudad vibrante, iluminada por un sol radiante que no parecía querer ocultarse. Era pleno junio, y la energía en el paseo marítimo era contagiosa. Gente tomando el sol, bañándose en el agua, reuniéndose con amigos… No esperaba ver tanta vida al aire libre en un país nórdico. Nos alojamos en el Anker Hostel, el más barato que encontramos, pero aún así el precio me dejó claro dónde estábamos: 540 NOK (46€) por noche. Venía de pagar 5€ en lugares como Kosovo, y ahora hasta la cerveza en un bar costaba más de 11€. Una hamburguesa con patatas, 10€. Noruega no tenía piedad con el bolsillo. Pero la ciudad me atrapó rápidamente. Decidí que no podía quedarme sin vivir la experiencia al máximo y contacté con mi amigo Stefan, de Suecia, quien me presentó a su amigo Raymond Schjønningsen. Nos encontramos en el paseo marítimo, y desde el primer momento conectamos. Su historia me fascinó: casado con una mujer colombiana, me contó sobre la realidad de la vida en Noruega, los contrastes, las oportunidades, las diferencias culturales. Fue una tarde increíble. Caminamos sin prisa, disfrutando del ambiente y tomando unas cervezas mientras el sol, tercamente, se negaba a desaparecer. La conversación fluyó como si nos conociéramos de siempre. En un país tan lejano, encontré en Raymond a un amigo que espero volver a ver pronto.

Estocolmo

Después de mi larga travesía en ferry de 18 horas desde Gdansk, finalmente llegué a Nynäshamn, un puerto pequeño pero acogedor en Suecia. Apenas puse un pie en tierra, conocí a una nueva compañera de viaje y juntos nos dirigimos hacia Estocolmo. En la capital sueca me instalé en un hostel, donde conocí a Thiago, un brasileño de São Paulo, y a Adrian Boulic, de Francia. Con ellos decidí unirme a un free tour para explorar la ciudad y descubrir sus rincones más emblemáticos. El recorrido comenzó en Gamla Stan, la ciudad vieja, con sus calles empedradas y edificios de colores que parecían sacados de un cuento medieval. Caminamos hasta el Palacio Real, donde vimos el cambio de guardia y aprendimos sobre la historia de la monarquía sueca. Desde allí nos dirigimos a la Plaza Stortorget, famosa por sus casas de colores y por ser el lugar donde ocurrió la trágica Masacre de Estocolmo en 1520. Después, cruzamos el puente hacia la isla de Riddarholmen, donde se encuentra la majestuosa iglesia Riddarholmskyrkan, el panteón de los monarcas suecos. Seguimos explorando la ciudad hasta llegar a Sergels Torg, la plaza más moderna y vibrante de Estocolmo, y desde allí fuimos al Ayuntamiento, un edificio imponente desde donde cada año se celebra el banquete de los Premios Nobel. Al día siguiente me reuní con mi amiga Julia, a quien conocí en Barcelona. Julia es una apasionada de los pájaros y compartimos muchas conversaciones sobre sus experiencias en Suecia. Fuimos por unas cervezas y poco a poco la reunión fue creciendo. Para mi sorpresa, me volví a encontrar con Ahnaf Tajwar, con quien había coincidido antes en mi viaje. Él había continuado su interrail por otros países de Europa y estaba acompañado por su amigo Ryan Dye, un australiano que tenía muchas historias que contar. Lo que comenzó como un encuentro casual terminó siendo una gran fiesta. Nos unimos a un grupo de estudiantes suecos que estaban celebrando el fin de clases y la noche se convirtió en una auténtica inmersión en la vida nocturna de Estocolmo. Entre risas, bailes y conversaciones, aprendimos mucho sobre la cultura local y sus “desfases”. Fue una noche para recordar, llena de momentos inesperados y conexiones que hacen que viajar sea tan especial.

Sopot

El aire fresco del Báltico me despertó antes de que sonara la alarma. Desde la ventana de mi habitación en Sopot, el mar se veía tranquilo, como si también supiera que este era mi último día aquí antes de partir a Suecia. Me quedé unos minutos más en la cama, disfrutando del sonido lejano de las gaviotas y del murmullo de la ciudad que apenas despertaba. Después de una ducha rápida, bajé a desayunar. Elegí una cafetería en Monte Cassino, la calle principal de Sopot. Un café fuerte y una porción de sernik, el clásico pastel de queso polaco, me dieron la energía que necesitaba para el día. Mientras tomaba el último sorbo de café, miré a mi alrededor, tratando de grabar cada detalle: los adoquines gastados, los artistas callejeros afinando sus guitarras, el bullicio de los turistas. Antes de despedirme de la ciudad, fui al Molo de Sopot por última vez. Caminé hasta el final del muelle de madera, dejando que el viento frío despeinara mi cabello. Cerré los ojos por un momento y respiré profundo. Este lugar había sido mi hogar por un tiempo, pero ahora era momento de seguir adelante. A media tarde tomé el tren hacia Gdańsk. En el trayecto, miré por la ventana mientras el paisaje pasaba en un borrón de colores grises y verdes. Gdańsk me recibió con su encanto medieval y su historia vibrante, pero no tenía mucho tiempo para explorar. En la estación, revisé mi pasaporte y el boleto del ferry con destino a Nynäshamn, Suecia. En el puerto, vi el enorme ferry que en unas horas me llevaría al otro lado del mar. La emoción y la nostalgia se mezclaban dentro de mí. Subí a bordo con mi mochila al hombro, saludando en un torpe “hej” a la tripulación sueca. Encontré mi camarote y dejé mis cosas antes de salir a cubierta. El ferry zarpó cuando el sol comenzaba a ocultarse detrás del horizonte. Me apoyé en la barandilla, viendo cómo Gdańsk y Sopot se desdibujaban en la distancia. Sentí el aire salado en mi rostro y sonreí. Un nuevo capítulo estaba por comenzar.

Gdansk

Gdansk: La Perla del Báltico Desde el momento en que puse un pie en Gdansk, supe que era un lugar especial. La ciudad respira historia en cada calle, en cada edificio de ladrillo rojo, en cada rincón de su casco antiguo, meticulosamente reconstruido después de la guerra. Caminar por sus calles adoquinadas me hizo sentir como si estuviera en un cuento medieval, con fachadas coloridas que parecían sacadas de una postal. Lo primero que hice fue perderme por la Calle Mariacka, sin duda una de las más encantadoras. Las tiendas de ámbar brillaban bajo la luz del sol y los detalles arquitectónicos me dejaron hipnotizado. Desde allí, no podía dejar de visitar la Basílica de Santa María. Subí hasta la torre y, aunque el ascenso fue agotador, la vista desde arriba lo valió completamente: la ciudad y el mar Báltico extendiéndose hasta el horizonte. Pero Gdansk no es solo belleza, es también historia viva. En Westerplatte, sentí el peso de los acontecimientos que marcaron el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Estar en el mismo lugar donde comenzaron los primeros ataques alemanes en 1939 fue sobrecogedor. Más tarde, en el Museo de la Segunda Guerra Mundial, quedé impactado por la forma en que cada exposición lograba transmitir la brutalidad del conflicto y el sufrimiento humano. Otro sitio que me marcó fue el Centro Europeo de Solidaridad. Aprender sobre el movimiento Solidaridad y la lucha de Lech Wałęsa por la democracia me hizo ver a Gdansk como mucho más que una ciudad hermosa: es un símbolo de resistencia y cambio. Y, por supuesto, no podía dejar pasar la oportunidad de probar la gastronomía local. Me deleité con un buen plato de pierogi, disfruté del clásico żurek, esa sopa ácida que sorprende en cada bocado, y no me fui sin probar una cerveza artesanal, siguiendo la tradición cervecera de la ciudad. La noche en Gdansk también tiene su magia. Entre bares acogedores y restaurantes con vistas al río Motława, terminé el día con la sensación de que esta ciudad tiene una energía única. Historia, cultura, mar y un ambiente vibrante: Gdansk me dejó con ganas de más.

Varsovia

Dos días intensos en Varsovia Varsovia me dejó sin aliento. En solo dos días, recorrimos una ciudad que renació de las cenizas después de la Segunda Guerra Mundial. La historia late en cada rincón, en cada edificio reconstruido con precisión casi milagrosa. Pasear por el Casco Antiguo fue como viajar en el tiempo, entre calles adoquinadas, plazas vibrantes y el imponente Castillo Real, testigo silencioso de siglos de historia. Visitamos los lugares más emblemáticos: el Museo del Alzamiento de Varsovia, que nos dejó con un nudo en la garganta al revivir la valentía y tragedia de 1944; el Palacio de la Cultura y la Ciencia, un gigante soviético que se impone en el horizonte; y el tranquilo Parque Łazienki, donde nos detuvimos a admirar la estatua de Chopin mientras el viento movía las hojas de los árboles. Pero si el día nos regaló historia y belleza, la noche nos sorprendió con su energía. ¡Qué ambiente! En un solo lugar convivían distintos mundos: bares acogedores con luz tenue, clubes con música vibrante y terrazas donde el tiempo parecía detenerse. Varsovia no solo se reconstruyó en piedra, también en espíritu. Es una ciudad que nunca deja de sorprender.

Cracovia

El 1 de junio dejamos atrás el paraíso de Corfú y volamos rumbo a Cracovia, Polonia. Tocaba despedirse de las playas, el sol y la brisa marina para volver a ponernos la chaqueta y sumergirnos de nuevo en la ruta del Interrail. Después de dos semanas de respiro entre Albania y Grecia, donde logré escapar por un tiempo del vaivén de trenes, autobuses y ferris por Europa del Este, era momento de retomar la aventura. La segunda etapa de mi viaje de tres meses por Europa comenzaba aquí, en Polonia, y Cracovia sería nuestra primera parada. Desde el primer momento, supe que Cracovia no iba a decepcionar. Durante el día, nos sumergimos en su historia con un free tour, recorriendo el casco antiguo, la impresionante Plaza del Mercado, el barrio judío de Kazimierz y descubriendo la herencia medieval y las cicatrices de la Segunda Guerra Mundial. Cada rincón de la ciudad tenía algo que contar, desde la leyenda del dragón de Wawel hasta las historias más oscuras de la ocupación nazi. Fue un recorrido intenso, lleno de datos fascinantes y reflexiones sobre el pasado. Pero si algo aprendí en este viaje, es que Cracovia no solo brilla de día, sino que también sabe cómo divertirse de noche. Y vaya noche la que nos esperaba. Nos unimos a un pub crawl, y como era de esperarse, los americanos y los ingleses lideraban la fiesta. Nunca fallan. Entre bares escondidos, chupitos de wódka y clubes con música electrónica y en vivo, la noche se convirtió en un torbellino de risas, bailes y brindis interminables. La energía de la ciudad era contagiosa, y antes de darnos cuenta, ya estábamos cantando a todo pulmón con desconocidos que se volvieron amigos por una noche. El primer destino de esta etapa de Interrail había sido un éxito rotundo. Cracovia nos recibió con historia, cultura y una vida nocturna inolvidable. Y esto solo era el comienzo. 🔥🍻🏰

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